
“Vamos a los árboles rosas”, pide a la madre la hija de casi tres años recordando un pequeño jardín con bancos de madera junto al barrio chino de Montreal.
La hija había jugado dos tardes bajo los árboles florecidos, recogiendo del suelo los pétalos que la brisa desprendía de las ramas. Amontonaba palitos y piedras e inventaba caminos en el “bosque de Ricitos de Oro”.
Pero en este comienzo de verano, el aspecto de los árboles cambia con los días. El tono rosa de las copas pasó a ser verde y el viento se llevó lejos los pétalos.
“Mamá, vamos a los árboles rosas”, insiste la hija. La madre enfila el carrito hacia el barrio chino buscando la placita. “No está el parque. Ese no es el bosque”, dice la hija con los ojos muy abiertos y un puchero en la boca. Y se echa a llorar.
Del pañuelo blanco con el que la madre enjugó las lágrimas cayó al suelo un pétalo rosa.
Montreal, 26 de mayo
