lunes, noviembre 30, 2009

Alas

Ese día se despertó sobresaltada. Había soñado con su hija. Se levantó y se lavó la cara en el baño contiguo a la habitación de servicio. Hacía ya casi un año que llegó de Paraguay.

Mientras arreglaba la cama echó un vistazo a las ventanas de la terraza de la cocina y pensó que debía limpiarlas más tarde. Antes prepararía la comida y pasaría la aspiradora. Por la noche pediría permiso a los señores para ir al locutorio y felicitar a su niña Marcela, que cumplía 3 años.

“Mamá, ¿si tuvieras alas vendrías volando a verme?”, le preguntó la última vez que habló con ella. Por eso en sus sueños era siempre un pájaro que dejaba atrás el barrio acomodado de Madrid en el que trabajaba y cruzaba el mar para besar a su hija.

Tardó menos que nunca en preparar el almuerzo para cuatro y limpiar la casa, así que buscó la escalera para empezar con los grandes ventanales de la cocina. La lluvia de la madrugada había pintado caminos de polvo en los cristales. Apoyó sobre la lavadora una palangana con agua y varios trapos hechos con jirones de camisas viejas. Subió un par de escalones.

La cocina daba a un patio interior. Arriba se veía un cachito cuadrado de cielo muy azul.
No le costó nada imaginarse con alas, despidiéndose de Madrid, levantando el vuelo rumbo a Paraguay.

-“Ten cuidado, te puedes caer”, le advirtió una vecina desde la terraza de enfrente. Cerró los ojos y vio el rostro de su hija sonriendo. –“Sí, es verdad,”, le respondió, “me estoy mareando”. Pero ya no pesaba. Se sentía pájaro y se dejó caer.

Relato basado en una noticia sobre la muerte de una chica latinoamericana en Madrid. Dedicado con cariño a ella y su hija.

jueves, noviembre 19, 2009

Cuento para A.

Erase una vez una maleta. No era una maleta cualquiera, sino una maleta abandonada al pie de un árbol. Como estaba abierta, se iba llenando poco a poco de hojas secas que caían de las ramas. No era una maleta moderna, de esas que van y vienen en las estaciones y aeropuertos de la mano de gente con prisa. Era antigua, pero no estaba vieja. Elegante, casi cuadrada y forrada de papel con formas geométricas, tenía todavía una tira elástica para sujetar la ropa.

¿Quién la habría abandonado allí junto al tronco de ese árbol y por qué?

Estaba contenta de llenarse de hojas, de no estar cerrada. Quizás estaba cansada de hacer viajes, de cargar cosas pesadas. La maleta parecía feliz, pero le preocupaba no poder moverse. Antes siempre la llevaban de un lado a otro y la protegían del frío. Ahora, ¿qué haría para guarecerse de la lluvia o para no ser recogida de madrugada por el camión de la basura? En eso estaba pensando, cuando un gato blanco pasó a su lado y después de olisquearla con curiosidad y acariciarla con su lomo, dio un salto y se metió dentro. En poco tiempo, el gato se quedó profundamente dormido sobre el lecho de hojas.

El gato soñó que la maleta se levantaba del suelo y volaba como una alfombra mágica por encima de las nubes.


La casualidad quiso que la luna, que acaba de salir y es muy amiga de los gatos y las maletas, convirtiese su sueño en realidad.

Por eso esa noche algunos niños pudieron ver surcando el cielo un gato blanco a bordo de una maleta viajando rumbo a lo desconocido dejando tras de sí una larga estela de hojas secas. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.


Foto: Maleta abandonada en la barriada de Los Corazones en Málaga.

martes, noviembre 17, 2009

Un regalo para M.


Esperaba que el semáforo cambiara a verde para cruzar y entrar en la estación. M. se acababa de despertar en el carrito y tenía esos ojos tan abiertos que quieren abarcarlo todo. A mi lado en la acera aguardaban también una anciana y la que parecía su hija. La primera enseguida echó piropos al niño:
"Qué guapo", dijo mientras se llevaba la mano al bolso como buscando alguna cosa. "Voy a darle algo a su madre para que le compre un regalito", murmuró con la mirada perdida.
La mujer que la acompañaba le agarró del brazo: "Pero si no te ha pedido nada", le reprendió con un tono de hastío y vergüenza. Quizás no era la primera vez en ese día que tenía que llevarle la contraria. M. le sonreía y agitaba sus piernas como si le divirtiese la situación. Yo no sabía que decir, así que miraba el paso de cebra. "Pero es que es tan guapo", oí que insistía la anciana mientras cruzábamos.
"Muchas gracias, señora, no hace falta", alcancé a decir ya en la otra acera, pero creo que ya no me escuchó.

lunes, noviembre 16, 2009


Cada segundo
cae una flor del árbol
el tiempo es rosa




foto: Palo Borracho florecido

Joven dominico haitiana se peina antes de ser bautizada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy en Barahona. Orlando Barría

Gonaives (Haití)

Gonaives (Haití)
A solas con la palabra. Sep 2004