Esperaba que el semáforo cambiara a verde para cruzar y entrar en la estación. M. se acababa de despertar en el carrito y tenía esos ojos tan abiertos que quieren abarcarlo todo. A mi lado en la acera aguardaban también una anciana y la que parecía su hija. La primera enseguida echó piropos al niño:
"Qué guapo", dijo mientras se llevaba la mano al bolso como buscando alguna cosa. "Voy a darle algo a su madre para que le compre un regalito", murmuró con la mirada perdida.
"Qué guapo", dijo mientras se llevaba la mano al bolso como buscando alguna cosa. "Voy a darle algo a su madre para que le compre un regalito", murmuró con la mirada perdida.
La mujer que la acompañaba le agarró del brazo: "Pero si no te ha pedido nada", le reprendió con un tono de hastío y vergüenza. Quizás no era la primera vez en ese día que tenía que llevarle la contraria. M. le sonreía y agitaba sus piernas como si le divirtiese la situación. Yo no sabía que decir, así que miraba el paso de cebra. "Pero es que es tan guapo", oí que insistía la anciana mientras cruzábamos.
"Muchas gracias, señora, no hace falta", alcancé a decir ya en la otra acera, pero creo que ya no me escuchó.
2 comentarios:
¡Las madres! Las madres y el pueblo.
Lo poco que de él va quedando.
Bien que lo vale.
La vieja malagueña
razón llevaba.
M.
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