martes, mayo 29, 2007

Todos payasos

Salimos temprano de casa camino a La Antigua. Había amanecido despejado, pero en poco tiempo el cielo se llenó de nubes grises que amenazaban tormenta. Ana se durmió enseguida, con el traqueteo del coche. No había tráfico porque terminaron las obras de la carretera. Antes de pasar El Obelisco ví al primero. Estábamos parados en un semáforo y, a nuestra derecha, un payaso de rostro pintado de blanco y gran nariz roja conducía una camioneta blanca. Durante un rato, el payaso estuvo cerca hasta que, en un momento dado, torció a la izquierda y desapareció en el garaje de un hotel. Seguimos ruta hacia La Antigua, callados, por la Avenida Roosevelt. Llevábamos un buen trecho andado cuando poco antes de llegar a San Lucas Sacatepec, en un coche rojo, vi a otro. Esta vez, los rasgos femeninos, delataban que se trataba de una payasa. Iba comiendo, en el asiento del copiloto de un coche rojo que circulaba poco delante de nosotros. La peluca se le movía por el viento que entraba por la ventanilla bajada mientras engullía grandes trozos de bollo sin alterar una densa pintura de labios roja. Durante el resto del viaje a La Antigua no dejé de mirar a los coches, por si acaso nos estuviéramos convirtiendo todos en payasos. Pero no vi ninguno más.

martes, mayo 22, 2007

Montoro nevado


Nunca vi nieve en Montoro. Mis recuerdos del pueblo son más bien calurosos y con sabor a Casera, a veces, con un poco de vino tinto. Cuando la temperatura era más alta, de dos a cinco de la tarde, las calles estaban vacías y la gente resguardada a la sombra en sus patios frescos y estancias de techos altos. En la casa de la abuela se echaban los toldos en el balcón que daba al pozo y afuera, en el patio del limonero. Las diamelas tenían su propia sombra porque estaban bajo un techito. Los escalones de piedra, que parecían la piel de un dálmata mantenían bien el frío. Eso era en verano. En invierno no recuerdo muy bajas temperaturas. Quizás las había, pero la mesa camilla con la estufa central ayudaba bastante.
También los tostones calentitos que preparaba la abuela y los churros que iba a buscar, creo que a la plaza.

viernes, mayo 18, 2007

El padre Ruquoy

Hace unos días leí que Pedro Ruquoy, el sacerdote belga que luchaba por los derechos de los haitianos cortadores de caña, en el oeste dominicano, tuvo que huir de esa media isla por amenazas de muerte. El padre Ruquoy vivía en uno de tantos bateyes, poblaciones diseminadas entre los cañaverales donde habitan los trabajadores haitianos. Su casa estaba llena de muchachos haitianos, muchos de ellos víctimas del tráfico de personas que cada año mueve la época de zafra. En la foto, el padre Ruquoy, alto y delgado, abraza a una niña haitiana. Al fondo, Orlando Barría. Tuve la oportunidad de pasar unos días con el padre y ver lo bueno de su labor desinteresada. Grandes empresarios azucareros manejan en la República Dominicana ingentes cantidades de dinero a costa de tener en la esclavitud, en pleno siglo XXI, a cientos de haitianos a los que pagan con vales cambiables por comida en los establecimientos de su propiedad. Pude saber de casos en los que los empresarios no pagan la seguridad social de los trabajadores, que quedan sin pensión después de veinte y treinta años de sudor entre las cañas.
Ver de cerca la forma de vida y de trabajo de los haitianos en los cañaverales de la República Dominicana es como retroceder en una máquina del tiempo. No se respetan los derechos humanos. También leí que otro sacerdote que hacía similar labor en el este, ya no vive tampoco en el país por las presiones que sufría el defender los derechos de los trabajadores haitianos.

Si de escribir se trata...

18 de mayo de 2007. Hoy nace El flamboyán. Quiero daros y darme a mí misma la bienvenida a este blog. Para conocerme y que me conozcais. Porque si de escribir se trata qué mejor que hacerlo cuanto antes y en todos los lugares. Confieso que me da algo de miedo y no me resulta fácil enfrentarme a este cuadro en blanco del ordenador.
Hace casi siete años que vivo fuera de España y mi trabajo como periodista en la República Dominicana y Haití me ha dejado recuerdos difíciles de borrar. Imposible olvidar esa cálida Isla Española. Me viene ahora la mente esa escuelita en un barrio pobre de las afueras de Santo Domingo. Ese calor sofocante en esa colegio de suelo de tierra a la que los niños llegaban cargando sus propias sillas de plástico en la cabeza. O ese viejito en el batey (poblado entre campos de caña de azúcar), en un cuartucho inmundo, sin pensión después de más treinta años de duro trabajo. Estaba esquelético y mostraba una bolsa en la que guardaba los vales que le entregaban los capataces a cambio de la caña cortada. La muerte de ese niño de la calle, al que otro prendió fuego sólo meses después de que le conociera. Y en Haití, esas mujeres pariendo en los hospitales de campaña que instalaron los efectivos de la ONU en Gonaives, esa ciudad del norte asolada por la tormenta Jeanne. Muchos recuerdos, y todos desperdigados en mi mente y desordenados en mi computadora en fotos y notas.
Desde hace casi dos años vivo en Guatemala. Quiero que este espacio sirva para reunir los recuerdos de mi paso por El Caribe y también para ir reflejando mi vivir en este país centroamericano donde nació mi hija Ana. A ver qué tal se me da este blog, que las palabras brillen como llamas, como esas hojas de vivo naranja de los flamboyanes.

Joven dominico haitiana se peina antes de ser bautizada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy en Barahona. Orlando Barría

Gonaives (Haití)

Gonaives (Haití)
A solas con la palabra. Sep 2004