¿Cuáles serían sus últimos pensamientos? Murió en el desierto, a sólo un día de alcanzar suelo estadounidense. Cuando le encontraron los agentes de migración era un cuerpo descompuesto junto a un trozo de papel en el que se leía su nombre y la dirección de su casa, en una pobre y pequeña comunidad de Sololá. Era el mayor -unos 40 años- de un grupo de hombres que un día decidió tratar de buscar un mejor futuro fuera de Guatemala. No lo logró. El cansancio y quizás la emoción de estar tan cerca de su sueño pudieron con vida. Cayó en el suelo y, con la respiración entrecortada, les pidió a sus compañeros, que se fueran sin él. Ellos insistieron en ayudarle y, aunque era un hombre corpulento, le cargaron a hombros varios kilómetros. Pero cada vez estaba peor y al final le dejaron solo, adormilado en mitad de la nada, y continuaron el poco camino que les quedaba para pasar al otro lado. Al lado de las oportunidades. Antes de seguir, dejaron en uno de sus bolsillos un papel con su nombre, el de algunos de sus familiares y la dirección de su casa, no muy lejos del lago más bello del mundo. Quince días después, sus familiares de la comunidad de San Andrés recibieron una notificación en la que se leía que debían pagar 11.000 dólares por la repatriación del cadáver, que llegó en un ataud, volando desde los Estados Unidos, donde sus compañeros de viaje, los que escribieron la nota en el papel en el desierto, estarán tratando ahora de ganarse la vida. Los familiares contaban que no les dejaron abrir el ataud. ¿Y si no fuera él?, se preguntaban.
(historia contada por Carlos Mendoza, de la asociación Aj quen (El Tejedor), de Chimaltenango. También contaba Carlos que cuando un hombre decide emigrar a los Estados Unidos se casa antes y trata de tener un hijo. Así, si muere en el camino, no habrá sido en vano porque deja a una esposa y un crío que son como parte de él mismo, para seguir, de alguna manera, viviendo en ellos.
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