La ambulancia pasó tan rápidamente por el paseo marítimo de La Carihuela que atropelló a un perro caniche blanco. Oímos el sonido de las sirenas y la vimos circular a una velocidad que nos pareció excesiva desde el restaurante en el que comíamos. Una media hora más tarde, alguien nos contó que la ambulancia había matado "al perro de Miguel el ruso". En medio del paseo yacía el animal, con la cabeza de lado sobre un charco de sangre. Miguel había acercado al perro la silla de un bar cercano y estaba sentado con las manos apoyadas sobre la cabeza, sin querer creer lo que había pasado. Su mujer lloraba y dos hijos trataban de consolarles. Algunos bañistas se acercaron curiosos, comentaban enfadados que la víctima bien podría haber sido un niño y señalaban por dónde había venido la ambulancia gesticulando mucho. No tardó en llegar un pequeño camión de los que recogen la basura para retirar al perro del paseo, pero el encargado se quedó esperando cuando vio el triste panorama.
Miguel todavía creía que su caniche estaba vivo. "No está vivo, Miguel, no está vivo", le decía su mujer mientras nos alejábamos.
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Joven dominico haitiana se peina antes de ser bautizada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy en Barahona. Orlando Barría
Gonaives (Haití)
A solas con la palabra. Sep 2004
1 comentario:
Estas palabras no las verán ni Miguel el Ruso, ni su mujer, ni sus hijos ni su perro; ni hoy, día de ambulancias por Barajas y tantos otros sitios, ni prácticamente nunca. No importe.
Vivos, algún recuerdo puede ser huella buena por invisible. Muertos...
Vuelva en cualquier caso el viejo jaiku:
"Las grullas vuelan
sin dejar en el aire
ninguna huella".
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