Me acuerdo del Volcán de Agua, de Fuego, del Acatenango y del Pacaya.
Me acuerdo del Día de la Altagracia, de cómo la gente hace cola para llevar a sus niños ataviados con el traje indígena para ver a la Virgen en la Iglesia del centro.
Me acuerdo de cómo encalaban las tumbas de los cementerios el 1 de noviembre, de los pétalos de colores que les echaban por encima (parecían pasteles), y los grandes barriletes (cometas) que, si el viento acompaña, vuelan por encima de los muertos y los vivos reunidos para celebrar el Día de los Todos los Santos.
Me acuerdo de los frijoles volteados y las tortillas.
Me acuerdo del estruendo de los fuegos artificiales el día de Nochevieja.
Me acuerdo del pájaro que se estrelló contra el cristal de la terraza y que Ana le echó confeti por encima.
Me acuerdo de los quetzales.
Me acuerdo de los paseos por Antigua los fines de semana y de la fuente de la Plaza con las estatuas de las mujeres que vierten agua por los senos. De las calles empedradas.
Me acuerdo de la marimba.
Me acuerdo de la cantidad de velas que había en una procesión en La Antigua y que Ana decía que los tronos eran trenes. De las alfombras de flores de la Semana Santa.
Me acuerdo del maíz amarillo y del maíz blanco. Del Popol Vuh. De que la carne de los primeros guatemaltecos fue hecha de maíz.
Me acuerdo de la Boheme en la zona 14. De las calles sin nombre. De las cuadras y los condominios.
Me acuerdo de los paseos con Ana cargada en la mochila por plaza Futeca hasta la panadería-pastelería La Francesa y vuelta a casa.
Me acuerdo de la Ceiba en las ruinas de Tikal, del lago Atitlán.
Me acuerdo de “sentate vos”.
Me acuerdo de los niños indígenas corriendo por la vereda de la carretera de arena camino del colegio.
Me acuerdo de los grandes contrastes entre ricos y pobres. De las habitaciones de servicio. De los uniformes de las empleadas domésticas.
Me acuerdo de los cristales tintados de los coches. De que “coche” significa “cerdo”. De los vigilantes armados.
Me acuerdo de los estadounidenses rubios con bebés indígenas en los brazos por las calles de Antiguay en los hoteles de la zona 13.
Me acuerdo de las pachas, de los güipiles de colores, del mercado de Chichicastenango y el olor a incienso.
Me acuerdo de la estación húmeda y de la seca.
Me acuerdo de dos avestruces en un restaurante de carretera camino de Monterrico.
Me acuerdo de los conejos de Tikes. De lo que le gustaban a Ana.
Me acuerdo de escuchar la radio en el coche y de que cada día había mucha gente que moría asesinada.
Me acuerdo de los paseos de los domingos por la Avenida que cortaban al tráfico cerca de casa. De Ana montada en los ponis o saltando en las camas elásticas. De los perros tan bonitos que había.
Me acuerdo del árbol de Navidad de plástico que compré en el mercado central y de los adornos. De que lo dejé en el armario en Guatemala.
Me acuerdo de Maya, de Celia y su hija Alfonsina.
Me acuerdo de Adela y de las clases de Belly Dance en un local en el que también solía reunirse un grupo que creía firmemente en la profecía maya de que el mundo se acaba en unos años y se estaban construyendo una especie de refugio en las montañas para escapar de las inundaciones.
Me acuerdo de la Araucaria que se veía desde el balcón. De las muchas noches que canté a Ana “Madrugaba el Conde Olinos” mientras trataba de que se durmiera en brazos.
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Joven dominico haitiana se peina antes de ser bautizada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy en Barahona. Orlando Barría
Gonaives (Haití)
A solas con la palabra. Sep 2004
1 comentario:
Gracias por atender la petición de "meacuerdos solicitados". Como los "discos solicitados" en las radios de hace 50 años: "De parte de ***, para *** en el día de su primera comunión". Y Juanito Valderrama cantaba la copla de lo bonita que estaba su niña el día en que iba a recibir a Dios. Con lazo rosa o blanco.
Precisamente, antes de leerlos, tratamos de que Ana recordara aquel pajarito estrellado contra el cristal de la terraza de La Bohème, zona 14, Ciudad de Guatemala. A la vuelta de comprar en el Paseo del Parque de Málaga chocolate maya y tortitas asturianas. Quizá no lo recordó porque no le hablamos de sus confetis mágicos.
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