jueves, enero 31, 2008

Porque el color de la sangre jamás se olvida


Margarito Lux tenía sólo dos años cuando los que mataron a su padre y dos de sus hermanos llegaron a su aldea de El Quiché. No se acuerda de lo que pasó, pero todavía siente en el hombro derecho el dolor de una fractura que se hizo al huir con su madre y que nunca tuvo tratamiento. Sus ojos se empañan cuando recuerda. Uno de sus hermanos, de 17 años, murió hace 28 en la quema de la embajada de España el 31 de enero de 1980. Ese día, un grupo de indígenas de la región de El Quiché y estudiantes universitarios ocuparon pacíficamente la sede de la legación diplomática para protestar contra las masacres que se estaban cometiendo en sus comunidades. Treinta y siete personas murieron quemadas vivas tras la intervención de los militares.
Angélica Catarina, de 66 años, y Catarina Lux, de 68, madre de Margarito, perdieron esposo e hijos en la quema y durante la guerra, que causó entre 1960 y 1996 unos 250.000 muertos. ¿Cómo es posible que haya 250.000 muertos y desaparecidos, en su mayoría indígenas, y ningún acusado (todos son ladinos) en la cárcel?
Una decena de indígenas que fueron testigos de masacres viajan precisamente hoy a España para declarar ante la Audiencia Nacional. Contarán sus historias en Madrid porque la justicia de su Guatemala natal no es capaz de resarcirles por las atrocidades que sufrieron, ni parece querer juzgar a los que mataron a sus hijos, tíos, madres y padres. Quizás el nuevo presidente Álvaro Colom debería haber declarado ya algo al respecto, puesto que ha tomado las riendas del país para los próximos cuatro años. La Corte de Constitucionalidad de Guatemala anuló en diciembre los procesos abiertos a siete acusados de genocidio, cinco militares y dos civiles, lo que a todas luces parece una vergüenza del sistema de justicia local.

Hoy, para obtener la imagen buscada, un fotógrafo le pedía a una de las viudas indígenas que sostuviese un cartel en el que se leía "Efraín Ríos Montt. Se busca, por genocidio". Era una mujer encorvada, con el rostro arrugado marcado por la vejez y el sufrimiento. Con un pañuelo rojo había sofocado minutos antes los sollozos al recordar la muerte de los suyos.

Al alejarme del lugar donde hoy ha tenido lugar una protesta contra la decisión de la Corte de Constitucionalidad de invalidar el proceso judicial contra los acusados de genocidio, he visto un payaso (siempre veo payasos, no sé si es que hay muchos o casualidad). Seguramente iba o venía de alguna celebración de cumpleaños y se había parado al ver las pancartas que rezaban "No al genocidio", el tumulto de la gente que gritaba: "porque el color de la sangre jamás se olvida".
Me he ido con él, dentrás del payaso, pensando en la huída de Margarito con su madre aquél día, en el miedo de ella, y preguntándome el porqué de tanta injusticia.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

"La lucha sigue.
El color de la sangre,
que no se olvide".

Algo así parece que alguna vez se gritó en Guatemala con tambores. A ver si al menos se devuelve el eco.

FLACA dijo...

"Ni olvido ni perdón","Verdad y justicia" también pedimos en mi país; parece que la hora está llegando.
Estoy sorprendida de poder cliquear y llegar a sitios como el tuyo. Un abrazo, Inés, desde Uruguay.

Anónimo dijo...

Escritos como el tuyo son los que tienen que ver la luz una y otra vez...Hasta que algo cambie. Besos.

Inés dijo...

Sí, Claudia, ojalá que se haga justicia. Un abrazo
Inés


Joven dominico haitiana se peina antes de ser bautizada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy en Barahona. Orlando Barría

Gonaives (Haití)

Gonaives (Haití)
A solas con la palabra. Sep 2004